Cuestión de vida y estilo por David Cantero

La vida son trenes que pasan frente a un andén estrecho. Largos trenes, veloces y desvaídos, que viajan con estrépito y desconsuelo hacia el silencio. Y en ese apeadero vivimos todos esperando, aguardando que alguno, el que sea preciso, se pare para llevarnos hasta el final del trayecto con acierto, con dicha, sin que la vida estalle. ¡Y pasan tantos y tantos! ¿Cómo saber si acertaremos al subir a uno de los pocos que llegan a detenerse? Esa zozobra habita siempre en la mente del escritor a la hora de ponerse al teclado y crear los pasajeros y los trenes de una historia. ¿Cómo conseguir que resulte real, que realmente sea buena, siquiera decente? Todo es cuestión de estilo, un ingrediente esencial en las vidas reales y novelescas, pero no sólo estilo literario…

El estilo perfila todas esas figuras que proyectamos en las páginas de los libros, en las novelas. Aunque pueda pasar desapercibido es algo significativo. Cada personaje, por nimio que pueda parecer dentro de la trama, debe tener el suyo propio, su particular manera de ser, de vestir, de moverse y caminar, sus particulares gestos, sus poses, sus miradas, su tono de voz. Cada ser que se inventa, basado o no en personas reales, pasea por la imaginación con su propia actitud y vestido de una forma muy concreta. Para bien o para mal. Es inexplicable pero así es. A veces se trata de gente que carece por completo de “charme”, gente con poco gusto y menos carácter, sin duende, sin elegancia, con nulas cualidades para la moda, sea de la época que sea. Son interesantes de describir pero aun lo son más los que sí destilan estilo y saber estar, los que visten con acierto en cada situación, en cada escena. La zafiedad es compleja de narrar pero aun más lo es la elegancia.

Escribir es crear un Universo de la nada, poner en pie tú solo una súper producción que sólo se proyectará en la inmensa pantalla de la mente de los lectores, y hay que cuidar cada detalle con celo, también el vestuario y el carácter de cada intérprete. Y todo ese trabajo de estilismo se realiza bajo el peso de la incertidumbre que siempre afecta al escritor. Por si fuera poco, no vale extenderse demasiado en retratar los detalles. Hay que otorgar forma a cada cual con muy pocas palabras. Y ya se sabe, estas son esquivas y los autores a veces nos sentimos incapaces de usarlas en su justa medida.

El estilo de un personaje no depende sólo de su indumentaria, de sus complementos y de los retoques que le demos, todo influye. La forma en que se mueven, como dejan volar sus manos al hablar, como atraviesan el umbral de una puerta, como sujetan una copa de vino o una taza de té, como vuelven a dejarla en su lugar, como giran la cabeza para ver mejor a alguien que pasó, como sonríen o fruncen el ceño, como cruzan las piernas o se ponen en jarras, como sienten y como piensan. Cuando un personaje tiene estilo de verdad no hace falta decir mucho de él o ella para que termine seduciendo al lector con su talante y este se haga una idea certera de quien es y como es. El estilo de un personaje, como sucede con las personas en el día a día, es capaz de describir muchos de los aspectos más complejos de su personalidad mejor que las palabras.

Sin apenas darse cuenta, quien escribe, perfila el estilo de protagonistas y secundarios y terciarios, y este puede depender de cosas tan dispares como la decoración de su apartamento, de como está iluminada su habitación, del aspecto de su maleta, del color de una corbata o la forma de anudar un pañuelo al cuello, de como son sus zapatos, de como de cuidadas o no están sus uñas, de cómo pone la mesa o sirve un plato, de cómo escribe una carta, de cómo deshace la cama, de que música escucha o de cómo baila. También dice mucho de sus cualidades cómo cada uno de ellos da rienda suelta a sus pasiones o como afrontan la dicha o la adversidad, como gestionan su dignidad o su indecencia. No podemos olvidar que la verdadera elegancia y el estilo residen principalmente en la forma de pensar y de sentir. El estilo, para el que no lo tiene, es algo muy complejo de asimilar, algo muy difícil de adquirir por no decir imposible. Y sólo rematando bien ese aspecto de los personajes se consigue darles verosimilitud, sólo dando a cada uno un estilo inconfundible, dejando claro como es aquel que lo derrocha o quien no lo tiene ni nunca lo tendrá.

Los escritores tenemos profundos y oscuros armarios en los que vamos atesorando, a lo largo de los años, una especie de inmenso ajuar. Ropas y enseres etéreos que, con suerte, terminaremos compartiendo con los lectores. Lo guardamos todo de alguna manera. No tiramos fácilmente los despojos. Conservamos ropa sucia y zapatos viejos, joyas marchitas, medias rotas y calcetines con tomates, pero también suntuosos vestidos de noche, alhajas magníficas, tacones de cristal. Miles de semblantes, pautas y manías, propias y ajenas, defectos incurables y virtudes nuevas, mucho de todo lo que vimos y con quien lo vimos, todo aquello que nunca pudimos o supimos compartir, todos los detalles de un largo ayer con sus miserias y grandezas, con sus alegrías y tristezas, todo doblado y ordenado de forma escrupulosa o desordenado y convertido en un caos. Somos absurdos bufones de rapiña. Rebuscar ahí dentro para crear estilo es una tarea extenuante aunque se haga de forma un tanto inconsciente. Se trata de tirar del hilo del tiempo que ya pasó cuando haga falta, sin anhelos o nostalgias, simplemente a modo de muestrario que ayudará a reconstruir un día a día que nunca existió del todo, una vida en la que, seguro, nos acabaremos tomando la justicia por nuestra mano. De esos insólitos roperos sale también la moda que vestirá a los personajes, el estilo que escaseará o fascinará.

Cuando rebobinamos, cuando echamos atrás las páginas de nuestra confusa agenda mental nos damos cuenta del paso del propio tiempo, de por donde transcurrió y transcurre el verdadero cauce de nuestra existencia. A veces es amargo. Abrimos las puertas, descolgamos y desempolvamos unas cuantas perchas, ajustamos los talles, hacemos cuentas con el pasado y tomamos lo que nos hace falta. También caemos en la cuenta de cuanto tiempo perdimos, de cuantos instantes de felicidad vivimos o derrochamos, de cuantas penas precisas o innecesarias se nos atragantaron. Desconfiamos de los logros y apuntalamos las frustraciones para que no se derrumben y lleguen a sepultarnos. A veces lamentamos todo aquello que no hicimos para lograr lo que deseábamos conseguir. ¿Hay algo que compense todos estos desvaríos? Posiblemente sí, que alguien lea y adivine, sienta, se conmueva y asimile como suyo lo que fue nuestro, para bien o para mal.

A veces, pocas veces, gracias a todo ese bagaje, somos capaces de crear un personaje con verdadero estilo, con auténtica alma, personajes que son capaces de seducir y llenar durante un instante otras vidas. Varias vidas. Hay protagonistas que parecen hechos a nuestra medida y que, sin embargo, surgieron de la nada, durante el brevísimo fogonazo de un relámpago. Suelen ser esos a los que no les sobra ni les falta. A veces, muy pocas veces, descubrimos que alguno existe en realidad, que ya lo inventó Dios. Uno entre un millón, pero ahí está, coloreando la vida, destacando entre la extensa gama de grises de la humanidad, brillando, dando la sensación de no pertenecer a este mundo, como si hubiera escapado de una ficción. ¡Qué paradoja! Son esas personas de fuerte y singular personalidad, esas que ya nacieron dotadas de una misteriosa elegancia, esas que parecen imposibles, las que por sí mismas son capaces de llenar cientos de páginas con su presencia. Entonces las raptamos mentalmente, las encerramos en nuestra imaginación y terminamos convirtiéndolas en personajes, en nuestras estrellas, en nuestras fabulosas marionetas. Y en las páginas, aunque no dejan de ser quienes son o quienes fueron, nos atrevemos a moldearlos, a tornarlos más frágiles o más invulnerables, más entregados o más rebeldes, más osados o más cobardes, pero respetando siempre la belleza y el estilo inconfundible del ser real. A veces quedamos fascinados por ellas perennemente. Chiflados sin remedio. Y ahí dentro se quedan para siempre, en el alma y en los libros. Enamorados o enamorando, llorando o riendo, cómplices de nuestros desvaríos y nuestras raras invenciones. Viviendo con más o menos acierto y coraje una nueva vida que será eterna en las novelas, donde menos es más, donde todo, como decía, también es cuestión de estilo y no sólo literario.

Mientras, la vida real es eso que pasa mientras intentamos escribir, inventar otras vidas, siempre convencidos de que serán otros los que al final escribirán nuestro epílogo.

David Cantero, septiembre de 2015

David Cantero

David Cantero nació en Madrid en marzo de 1961. Empezó a trabajar en TVE en el año 1982 como reportero y tras pasar 15 años detrás de las cámaras viajando por todo el mundo en busca de noticias, en 1997 saltó  al otro lado y empezó a presentar programas informativos. Después pasar por el Canal 24 Horas y por todas las ediciones de los Telediarios de TVE y el prestigioso Informe Semanal, en el año 2010 fichó por Informativos Telecinco, donde está al frente de la edición de las 15 h. Fotógrafo, pintor e ilustrador, también es autor de las novelas “Amantea” (2004), “El hombre del baobab” (2009) y “El viaje de Tanaka” (2014), además de algunos poemarios como “Caudal de ausencias” (1997). Como periodista ha colaborado con los más prestigiosos diarios y revistas de nuestro país. Actualmente trabaja en la que será su cuarta novela.

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2 Comentarios

  1. Todo un crack!!!

    Saludos desde León (España)!!!
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  2. ¡Muy interesante!.
    Besos.

    Gemeladas

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