Yoga

El inicio de mi viaje yóguico ha sido un inmenso regalo de mi querida amiga Diana Zaforteza que, desgraciadamente, abandonó este mundo el año pasado a causa de un cáncer. Gracias a su persistencia, consiguió, finalmente, que venciera las barreras de mis propios prejuicios y diera un paso al frente, a lo desconocido. Inesperadamente, el yoga se ha convertido en el viaje más apasionante de mi vida al llevarme a un destino único, misterioso y muy atractivo, el centro de mi ser.


El gran propulsor de este viaje ha sido el anhelo de profundizar en el misterio de mi identidad, más allá de lo que se ve desde fuera. Hoy por hoy, esta disciplina es imprescindible para mi equilibrio corporal, mental y emocional. Tristemente, muchas personas se quedan en la superficie al pensar que el yoga es, tan solo, el postureo impactante que se visualiza en Instagram.

Fotos de Javier Salas para la revista Classpaper.

Hay un mundo mucho más allá detrás de esta filosofía de vida ancestral en la cual me adentré, de forma más profunda, gracias a las 300 horas de formación que realicé en Zentro Urban Yoga de la mano de grandes maestras como son Sarah Florance, Lorena Coutiño, Laia Villegas y Mercedes de la Rosa. Los viajes que he hecho a mi querida India también me han enriquecido mucho, especialmente las experiencias que viví en Rishikesh y Varanasi, consideradas como las dos ciudades más sagradas del país hindú. Mientras la primera, situada en el nacimiento del Ganges, es lugar de peregrinación de sabios, santos y yoguis de todo el mundo, la segunda es donde los hindús van a morir.


Otras opiniones consideran el yoga como una religión, llegando incluso a catalogarla de demoníaca. Mi curiosidad me ha llevado siempre a querer conocer otras culturas e investigar sobre diferentes corrientes de pensamiento para así no quedarme anclada en los dictámenes de mi educación y entorno. Como católica practicante y amante de la esencia pura del mensaje que nos dejó Jesús en este mundo, me vienen al recuerdo las palabras que el Papa Benedicto XVI escribió en su libro “Una mirada cercana”: “Hay tantos caminos hacia Dios como hombres, pues cada persona tiene su propio camino”. 

 

Maravillosa frase que me motiva a respetar la espiritualidad de cada uno, siempre y cuando no se fanatice. El yoga, más que una religión, es una filosofía de vida. Es una manera de vivir, heredada de Oriente, que gradualmente te lleva a un creciente equilibrio interior.

 

Como el yoga se ha desarrollado dentro de un contexto cercano al religioso hinduista, los católicos más conservadores no la admiten. Les supone un conflicto basado en el politeísmo y panteísmo. Sin profundizar en este debate, yo me quedo con los muchos beneficios que me aporta dedicar una hora diaria a la práctica de esta disciplina.

 

La historia del yoga se remonta al S.VI a.C. Como explicó el filósofo alemán K.Jaspers, tuvo lugar entonces un renacer espiritual en el ser humano. En el subconsciente indio se dio un giro a la mentalidad mística y pasaron de celebrar rituales colectivos a vivir una espiritualidad individual usando como base la sabiduría de los Vedas. Estos son los libros sagrados escritos por seres muy desarrollados espiritualmente que recibieron una revelación divina directa.

 

Uno de los maestros más antiguos fue Patanjali (S.III a.C), el primero en codificar la sabiduría recibida por inspiración divina en el libro de los Yoga-Sutras, un compendio de 195 aforismos que ha tenido gran influencia en las creencias y prácticas de esta materia. 

Este pensador hindú definió el yoga como la “unión” de la persona con el Todo y, por otro lado, como la “liberación” de lo que al ser humano más le atormenta y que son creaciones de su mente (juicios, miedos, culpabilidades, deseos…), lo cual se conoce con el nombre de “ego” .

Para alcanzar esa ansiada meta es necesario realizar un profundo y duro trabajo que él dividió en ocho fases.

En primer lugar, hay que aprender y llevar a la práctica normas éticas para la adecuada convivencia con los demás (Yamas) y también con uno mismo (Niyama).

Mientras las primeras vienen a ser principios similares a los que recogen los “Diez Mandamientos”, los segundos son claves de desarrollo personal para mejorar nuestro autoconocimiento y autodisciplina. Obraríamos naturalmente así si nuestra conciencia estuviera adecuadamente formada y orientada hacia el bien.

 

Después de integrar este código ético en la propia vida pasamos a la tercera fase de este proceso yóguico que consiste en preparar el cuerpo con una dinámica de ejercicios posturales (Asana) que nos llevan a ganar una gran agilidad y flexibilidad física. En mi caso personal, no era ni capaz de llegar con mis manos a tocar mis tobillos. En mi adolescencia, mis clases de educación física fueron una auténtica tortura. Pues bien, con las imágenes que ilustran este reportaje, se puede comprobar lo que se puede llegar a conseguir con esfuerzo y disciplina cuando haces del yoga un hábito de vida.

 

Tras el entrenamiento físico centramos la atención en la respiración (Pranayama), ya que es la mejor vía para situarte en el “Aquí y Ahora”. Llegados a este punto me permito compartir la técnica que el místico español, Javier Melloni, s.j., propone hacer en su libro “El Deseo Esencial” de respirar en cuatro tiempos. Este ritmo te lleva a ampliar conciencia sobre el sentido y la importancia de la dinámica del “Dar y Recibir”.

 

Primero, recibimos inspiración del mundo a través de la inhalación, después la retenemos para poder filtrar lo que nos aporta a nuestra vida. A continuación, soltamos lo que no forma parte de nosotros a través de la exhalación y, por último, nos vaciamos sosegadamente para así permitir que pueda entrar lo nuevo que está por llegar. Si trasladamos este proceso respiratorio a nuestra vida, nos viene a recordar la importancia de soltar apegos creados por la mente para así poder vivir desde nuestra verdadera esencia.

Una vez que hemos enfocado nuestra atención en nuestra principal fuente de energía, tenemos ya preparado el terreno para la siguiente fase (Pratyahara)En esta fase trabajamos el control de los sentidos o, lo que es lo mismo, templamos los estímulos que nos llegan por nuestra dimensión sensible que suelen ser fuente inagotable de deseos. Los deseos generan en nosotros una necesidad, qué si no se equilibra, puede desencadenar sensaciones negativas como la inquietud, frustración o insatisfacción.

Dharana sería el siguiente paso y en el que concentramos la mente en una sola cosa. Para ello, recurrimos al mantra. El mantra es una breve palabra o frase que nos ayuda a no quedarnos atrapados en los millones de pensamientos que produce la mente. Mis favoritos, por mis raíces cristinas, son el Padre Nuestro y la frase que la Virgen María le respondió al Ángel cuando se le apareció: “Hágase en mí según tu palabra”.

 

Esta Oración Mariana me hace recordar la importancia de aceptar lo que la vida nos va trayendo porque es lo necesario para avanzar en nuestra evolución como personas.

Mantener la concentración en el mantra desembocaría en la penúltima fase del proceso que propone Patanjali y que ya es la meditación (Dhyana) o contemplación que, a su vez, te conduce, finalmente, a la esperada liberación (Samadhi) de todo lo relacionado con el ego, los deseos y los miedos. Es en este estado, como cuentan los sabios hindúes, cuando se siente la magia de la unidad con el Todo.

 

Éste es, sin duda, un objetivo vital ambicioso donde la paciencia y la humildad juegan un papel importante para poder avanzar con paz. Es importante recordar, también, que la plenitud no se encuentra tanto en llegar a este destino como en ir sacando lo mejor de uno mismo durante el trayecto. Trabajar cada día en ser mejor persona para dejar una buena huella en este mundo es lo que da un gran sentido a mi existencia. El yoga es, para mí, fundamental en este proceso.

Os animo, por tanto, a que vosotros también os lancéis a emprender esta gran odisea.

*Texto escrito por María de León para la revista Classpaper.

Namasté.

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